Debo ser camaleónico. Para algunas personas soy un tímido incorregible, para otras poseo una seguridad envidiable, para algunos soy la introversión en persona, y para otros soy un extrovertido sin dobleces. Para unos soy aquel que no participa en nada, y sin embargo, para otros soy el que se apunta hasta a un bombardeo. Para unas personas soy guapete-atractivo, pero hay otras para quienes me parezco al mismísimo pato Donald. Hay para quien soy aburridillo, y los hay para los que soy un personaje alegre y divertidísimo. Puedo ser corriente para unos e interesante para otros. Y sin embargo, yo sigo siendo el mismo.
Creo que cada persona vive conmigo una faceta de mi vida, compartimos unos momentos, o circunstancias determinadas, un contexto común. Y ahí se anclan. Muchas veces vemos lo que queremos ver, hacemos la fotografía interior de una persona, en un instante determinado, bajo una situación concreta y bajo nuestro propio prisma y modo de ver las cosas, y con eso nos quedamos, no ahondamos, no nos arriesgamos a conocer otras caras o la realidad de esa persona. Ponemos una etiqueta, nos quedamos con un cliché, y así nos sentimos cómodos. Vemos a los demas según nuestra realidad y no según la suya en ese momento. Porque todos somos cambiantes. También es cierto que, a menudo, nos solemos comportar como los demás esperan que nos comportemos, porque ese es nuestro personaje en esa obra de teatro, ese es el disfraz del carnaval de nuestra vida (o, mas bien, de nuestras múltiples vidas).
De todos modos, creo que los demás no quieren conocernos más allá de la imagen que se han forjado. No les interesa, porque eso les hace sentirse seguros.